III Concurso de Microrelatos “Molvízar Condensado”

 

El pasado Viernes, 29 de agosto, a las 20:30 H se procedió a la Entrega de Premios del III Concurso de Microrelatos “Molvízar Condensado” 2013.

 

En total se ha contado para el concurso con 11 microrelatos, habiéndose incrementado la participación con respecto a ediciones anteriores ya que hemos contado incluso con relatos de otras localidades, incluso provincias.

 

Dar las gracias sobre todo a los participantes que han contribuido a fomentar y enriquecer la cultura literaria de Molvízar, dando certeras pinceladas sobre nuestro lienzo que es la piel molviceña.

 

 

 

PRIMER PREMIO: 100 € + DIPLOMA

 

LA VENTILLA Y SUS ALMENDROS

 

 

 ¿Suerte? He creído tenerla por haber nacido aquí.

En la última casa de la última calle, un pequeño rincón donde observar el mar a la sombra de un almendro.

 

Eternas primaveras para una niña que no necesitó gorro, bufanda ni guantes pues la nieve con la que jugué no era fría sino suave. Suaves son los pétalos de las flores de los almendros caídas formando un manto blanco sobre la tierra en el mes de Enero.

 

 Estrechas y cortas callejuelas, cuestas y casas blancas-azuladas de cal compartían frontera con esqueléticos gigantes de hoja verde y áspero tronco.

 

 En sus sombras creí ser veterinaria, inventora, agricultora y hasta pistolera, pero en sus ramas fui libre. Noté su calor, su olor, su savia, su vida.

 

 Han pasado veinticinco años, y ese lugar ya no existe. Ya no hay última casa ni última calle ni ejército de almendros protegiendo la frontera.

 

 Recuerdo cada trocito de esa atalaya.

 

Ahora solo veo cemento, y dónde estaba esa casa había un árbol, y ahí más allá había otro, y allí también...

 

Nostálgico y vivo pensamiento de mi infancia en Molvízar.

 

 Si esa es tu pregunta te diré:

 

 -Sí. Parece ser que tuve mucha suerte.

 

¿Y tú?

 

Autora: FRANCISCA PRADOS SÁNCHEZ

 

 

 

SEGUNDO PREMIO: 50 € + DIPLOMA

 

UNO MÁS

 

Pasear por las callejuelas de Molvízar y entablar conversación con la gente del pueblo le hacía sentirse cómodo. Para él era como pertenecer o ser miembro de una gran familia. Por aquel entonces eran días de fiesta y las calles lucían más engalanadas que en cualquier otra estación. Los papelicos de colores, temblorosos, parecían querer levantar el vuelo bailando al son del viento de la costa.

 

Lejos del ajetreo de la ciudad, el pueblo le proporcionaba el refugio y la tranquilidad que todos los años, por estas fechas, encontraba en el que consideraba su hogar. Sentía nostalgia de ver los mulos cargados en sus serones con cualquier otra cosecha y añoraba observar aquello que aún guardaba en su retina: alguna que otra gallina suelta por la calle a la que las mujeres ataban una alpargata en la pata para que no se fuera muy lejos…

 

Pese al paso del tiempo algo permanecía intacto, la gente seguía tan cordial y amable como siempre. Las casas, acicaladas a fondo, con sus fachadas de blanco inmaculado estaban ya dispuestas para el festejo. Las mozas anhelaban el momento de estrenar sus nuevos vestidos y poder regresar más tarde a casa. Todos, pequeños, jóvenes y mayores, hacían por pasarlo lo mejor posible y no les molestaba que los despertaran, bien temprano, a golpes de platillos, tambores, y demás instrumentos, los músicos trasnochadores de la Banda Municipal de Música que, con ahínco y con vehemencia, recordaban que eran días de jolgorio en la villa.

 

 

 

Autor: EMILIO M. PUENTEDURA TRIGUERO

 

 

 

 

TERCER PREMIO: DIPLOMA

 

“No dejes que se borren de tu alma

 

las risas de ese tiempo”

 

(Eloy Sánchez Rosillo)

 

 

 

UN DÍA DE ALMENDRAS (en la memoria)

 

 

 

Aún es de noche. Pero ya la madre está llamando: - “Es hora de levantarse”-.

 

Sobre la mesa, un tazón con más pan que leche. Afuera, el padre carga en la burra los sacos, la calabaza para el agua, el morral con la comida, las cestas y las espuertas.

 

Caminan por las calles de Molvízar cruzándose los hombres, mujeres y niños que van en la misma dirección. Se diría  que todo el pueblo está en pie, a pesar de la hora tan temprana. Con los ojos entrecerrados ve a los hombres, sentados en grupo, fumando ideales en el sestil del barranco Ítrabo. Unos irán a la jesa, al mercaer, a los matagallares, otros seguirán, junto a ellos, por el camino de pintos.

 

Con las primeras luces llegarán a su destino: el cerro del águila. Desde este lugar tan elevado verán salir el sol, que ya comienza a calentar y que no dejará de quemar durante toda la jornada. Primero, el padre vareará los almendros: cuneros, trapiches, malagueños……

 

Los demás, encorvados o de rodillas, recogerán el fruto. El piojo, los pinchos, el sudor, el agua caliente, las hormigas en el pan y, sobre todo, el canto monocorde de las chicharras lo acompañarán toda la mañana. Durante los meses de Agosto y Septiembre, la misma incansable rutina se repetirá.

 

Pero, ahora, después de tantos años pasados, esos días dolerán por perdidos, y en el recuerdo quemarán más que el sol del estío.

 

 

 

Autor: FRANCISCO PULIDO MEDINA