IV concurso de Microrelatos, Molvízar el Condensado

Esta cuarta convocatoria del Concurso de Microrelatos “Molvízar el Condensado”, que como  cada verano forma parte de la programación del “Verano Cultural” y de la que podemos ver  fallo del jurado con los tres relatos ganadores de esta actividad que cada vez cuenta con mayor número de participantes.

 

 

PRIMER PREMIO (DIPLOMA + 100 €)

“METAMORFOSIS”

Anoche, intenté  no forzar la voz;  tarea complicada cuando la música alta, insonoriza tu  pensamiento, y la oscuridad, sabotea cualquier manifestación de lenguaje, no verbal. 

Traidor conflicto que  inundas mi mente, aléjate. No tengo espacio para tus dudas. Llegó la hora.

Rojos; Verdes; Blancos, vuelven a vestirme. Llega mi metamorfosis. Sentir de mi cuerpo en cada roce, en cada prenda. Noto el calor sarraceno navegar por mis  colmados ríos, de abajo arriba, de arriba abajo.

Es una ocupación, una invasión. Lleno mis pulmones para despedir a mi yo, pues otra alma hoy será,  inquilina de mis entrañas.

Respiro fuerte. Ya está aquí;

Brillosas pupilas que reflejan mi emoción,  le dan la bienvenida a esta personalidad arrolladora, acaparadora de todos mis poros, de mi voz, de mi razón.

Por fin, mis ríos se calman, el pulso se templa. Acojo mi nuevo ser. ¡Pero no hay tiempo que perder, ¡ debo marchar, así qué, agarro mis virtudes…

Mi turbante, mi juicio;  Mi brazalete, mi fidelidad;

Y mi espada, mi arrojo.

Con firmeza y decisión llego a la plaza, abarrotada de miradas somnolientas, juzgadoras de  palabras, de gestos. Subo a mi negro rocín, el corazón enloquece, la garganta se prepara.

Veo muchos jueces, atentos, ansiosos, desconocedores de mi turca persona, y me presento:

Yo, general, de la media luna nazco, y hasta la villa de Molvízar, en compaña de mis soldados, un cometido traigo.

 

Autor: Javier Pérez Prados

 

 

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SEGUNDO PREMIO (DIPLOMA + 50 €)

MOLVIZAR

Año del Señor 16??

En la hora del crepúsculo, desde una loma cercana, diego de Deςa avista con alboroςo las primeras casas de la villa de Molviςar.

-          Corran vuesas mercedes apriesa!- grita con los ojos llenos de lágrimas, llamando al grupo de veinticinco colonos que le siguen y que vienen desde Castilla, Sierra Morena y otras poblaciones a repoblar el lugar.

Todos llegan con los rostros hundidos por la fatiga, las ropas no son más que andraxos y caminan descalςos tras la dura marcha de casi cien leguas.

-          Dios guarde por los siglos a nuestro Señor, el Rey Felipe III- dicen a coro, de rodillas sobre la blanquecina tierra que pisan.

Caminan, asombrados, entre granados, figueras y almendros, hasta llegar a las primeras casas, que encuentran vacías. Todo está en silencio. Sólo se cruςan en su camino con unas pocas galloinas y unas cabras raquíticas que corren perseguidas por un perro, negro, con el rabo cortado.

En aqueste mesmo momento, desde el puerto de Motril, en una pequeña nave, embarcan con destino al norte de África, los moriscos expulsados del lugar. Desde la proa, Alonso de Alharraz, el más viejo dellos, contempla las últimas nieves de la Alpujarra con los oxos amarillos de tristeςa y dolor.

Despacio, la noche va cubriendo con negras sombras la tierra y el mar.

 

Autor: Francisco Pulido Medina

 

 

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TERCER PREMIO (DIPLOMA)

A CAMPO ABIERTO

Molvízar, bucólico paraje natural para el que fue su primer oficio, el de pastor, heredado de sus antepasados y que le acompaña en sus pensamientos pese a que hace tiempo que no lo ocupa ni es su medio de vida.

De pequeño, allá en su modesta casa, convivía entre chotos, cabras, y machos cabríos todos mochos. La manada era grande, muy grande, pero esto no era motivo para que cada animal no tuviera un nombre distinto. Era un trabajo de dedicación plena que no entendía ni de inclemencias ni de días de guardar.

            Su madre, mujer de las que dan mucho y piden poco, realizaba las tareas del hogar sin demora. Era una familia muy numerosa. La gran olla de porcelana puesta en las trébedes debía de estar lista para cuando, al anochecer, regresaran del pastoreo los hombres de la casa. En ella se hervían los alimentos con sus condimentos a fuego lento, muy lento. El buen olor que desprendía la vieja chimenea del rincón era garantía certera de lo buena cocinera que era.

Atrás quedaron el zurrón y el delgado pero duro callado, las largas y pesadas caminatas de los más calurosos de los estíos y de los gélidos inviernos, los días aquellos en los que las copiosas y prolíferas lluvias calaban hasta los tuétanos. Atrás quedaron las albarcas reparadas con aquellas lañas que rozaban sus sangrientos tobillos. Y perdurarán, en su memoria, aquellas gratas experiencias que lo atan, que lo tienen atrapado para siempre con este mundo animal.

 

Autora: Rocío Ramón Fernández