Ganadores VIII concurso de Microrrelatos “Molvízar condensado” 2018

Ganadores del VIII Concurso de Microrelatos “Molvízar Condensado” 2018 celebrado el pasado mes de Agosto dentro de la programación del Verano Cultural

 

 

1º PREMIO

Autor: Javier Pérez Prados

NIÑOS DE AZÚCAR

El rostro tímido de Joaquín asoma por la puerta entre abierta.

  • Encarni, ¿te sales?

Corremos hasta el poyo de Mariana donde están Antonio y Conchi. Ellos vienen a Molvízar todos los sábados a ver a su abuela. Cruzamos el Barranquillo y nos colamos en el bancal de Marino.

Melodía de herraduras nos alertan.

Por la cuesta, con aire señorial, sube Ángel en su burriquilla.

Desbocados lo alcanzamos; Somos el cortejo real de este rey mago de singular atuendo, boina gris y albarcas de goma.

En las alforjas, compañera, llevas la dulce recompensa a una larga jornada de trabajo.

Procesionando detrás de este ángel sin alas, de sonrisa eterna, llegamos al corral.

Espectadores fieles a la sesión del sábado tarde de la mejor versión molviceña de Platero y yo.

Lava sus manos, coge la faca y nos monda la primera.

Miradas de ternura y cañas de azúcar.

 

 

 

2º PREMIO

Autor: Francisco Pulido Medina

 COLOQUIO

La tarde, calurosa, cae sin prisa en ese tiempo en que no pasa nada. Es el momento en que, a la misma vez, las golondrinas vuelan bajo y las palomas zurean lastimosamente. Todo está quieto, y desde las casas más cercanas sólo llega el monótono sonido de unas añejas televisiones.

En uno de los gastados bancos, sentados como fantasmas que nada esperasen, dos enjutos ancianos sin edad conocida, sin siquiera nombre, conversan.

“¿Es cierto que, tras las casas del antiguo tajillo, junto a la casilla de la luz, se esconden niños voladores?”, pregunta, con desgana, Uno.

“¿Y, a que tú no sabes que en las esquinas del barrio los balates, junto a la piedra, se aparecen en las noches de otoño miles de mariposas emperadoras desnudas?, comenta Otro.

“No están desnudas”, dice Uno, “es que la luz en ese lugar ya no existe”.

“Ah”, susurra Otro.

Ambos quedan en silencio, sin nada en sus miradas de tristes conversadores.

Uno- “¿Tú crees que morir en Molvízar te concede puntos para el después?

Otro- “¿Por qué lo preguntas? Morir, desde siempre, es igual en cualquier otro lugar”.

Uno- “Yo pienso que al menos deberían dejarnos escoger el sitio”.

“¿Sabes qué pienso? dice Uno, “que, cuando alguien muere en Molvízar, se transforma en una mariposa desnuda que vuela como un niño”.

“De eso sí estoy seguro”, - contesta Otro.

Y así, caminando hacia atrás, suben por el camino del cementerio. Los días pasan como el agua de un río que no existe.

 

 

 

3ª PREMIO

Autor: Antonio Laín Prados Fernández

EL MÉDICO

El ruido del galope se había convertido en la banda sonora de un viaje que llegaba a su fin cuando, a lo lejos, pude vislumbrar el campanario de la iglesia, había llegado a Molvízar. Viajaba con mi gran bolso de cuero, en él guardaba todos mis utensilios médicos.

Fui directo a la compañía, utilizado en esos momentos como lazareto improvisado, con el objetivo de intentar contener el extraño mal, ya diseminado por casi toda la comarca, y que atormentaba sin criterio a hombres y mujeres de cualquier edad.

Petrificado quedé en la puerta ante la escena que mis ojos vislumbraron: multitud de cuerpos inertes sobre lechos teñidos de rojo carmesí, con altas temperaturas y tiritonas, miembros negros, putrefactos…

Las paredes estaban impregnadas de precariedad. Un hacinamiento que desprendía miasmas con olor a muerte.

Prosiguieron largas jornadas de sol a sol, sin descanso, intentando paliar un sufrimiento tan presente y vivo como mi propio ser, que únicamente se esfumaba con el último aliento de cada alma.

Agotado, impotente y desesperado decidí perder lo último que aún permanecía en mi interior, acudiendo a la iglesia, donde, tal vez, por encontrarla igual de solitaria que yo, encendí una vela debajo de la imagen de Santa Ana y me senté en un banco.

Sin darme cuenta, preso del cansancio, quedé dormido y al despertar horas después, pude observar que la vela no se había consumido, la llama seguía intacta, desprendiendo una luz que iluminaría la oscuridad establecida.