I Concurso de Microrelatos “Molvízar Condensado”

I Concurso de Microrelatos “Molvízar Condensado”

El pasado sábado 27 de Agosto tuvo lugar la entrega de premios del I Concurso de Microrelatos “Molvízar Condensado” englobado en la extensa programación que el Ayuntamiento de la localidad ha organizado para la celebración del Verano Cultural.

A pesar de ser la primera convocatoria de este concurso, ha tenido una gran aceptación en cuanto a su participación se refiere, quedando clasificados para concursar ocho de los relatos recibidos, de los cuales a continuación detallamos los tres relatos ganadores:

 

1º Premio;  La medalla de Santa Ana
Autor: Raúl Simón Torné

 

 

La medalla de Santa Ana

 

Camino de Fuente Pinos Rosario enterró la medalla de Santa Ana entre almendros en flor. La donó a la tierra para proteger Molvízar. Su marido se la regaló tras encomendarse a ella para sanar del cólera. Cuando regresó enfermo a Molvízar deseó no correr la suerte de su compañero, el asistente del gobernador militar que poco antes de morir le entregaría esta medalla.

La epidemia se desvaneció con los vientos septembrinos. La naturaleza les premió con el nacimiento de la belleza molviceña de Ana. Le confiaron a la niña la ubicación de la medalla antes de hacer las Américas. Secreto que mantuvo siempre y la influiría cuando regresó en los años treinta para construir allí una casita. La terminaron el día de su cumpleaños que dejaron escrito en el cemento de la fachada.

 

Ana del Rosario se rezagó deleitándose en la frescura de los pinos. El atardecer se difuminaba entre la neblina. Apenas podía ver donde pisaba. La detuvo entrever en el pinar el rostro difuso de su abuela que le sonreía traspasando el algodón húmedo. Su mano de pasa le señalaba dónde un rayo vespertino iluminaba inocente lo translucido entre tocones de almendro. Entonces, supo que allí encontraría su herencia.

 

Aún se conserva el muro de piedra con la fecha. Lo encontrarás justo antes de la estrecha cuesta hacia Fuente Pinos. Donde la abuela subía por las raíces aéreas de un pino de doble tronco tarareando. ¿No la oyes?

 

 

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2º Premio;  A mi abuelo
Autor: Francisco José Rodríguez Alonso

 

 

A mi Abuelo

 

Aún no ha amanecido en Molvizar.

Son las seis de la mañana, no suena el despertador.

Se levanta y se viste, el día se le escapa.

Desayuna una copa de brandy Terry, y sale, hay que atender a los animales, llueva o esté raso.

De vuelta a casa, termina de desayunar, otra copa de Terry Centenario.

Guarda la fiambrera, preparada con la comida del día. Sale de la casa, tranquilo, pero sin pausa. Silva una melodía, ninguna en concreto, propia, es la banda sonora de su vida.

En el trabajo es serio, muy serio, constante, eficiente, duro, muy duro, con él y con el resto.

Con rápidos movimientos y con la mirada, hace que las cosas funcionen, y si no funcionan, pocas palabras, pero palabras duras, muy duras.

Las cosas vuelven a funcionar: piedra, piedra, piedra, un poco de masa, más piedra, piedra…

El sol se está ocultando, ultima los trabajos en el huerto, los últimos de ese día, porque el campo siempre está insatisfecho, siempre solícito de cuidados.

¡Los animales! Todo bien, todo en su sitio, todo en su orden caótico.

De vuelta a casa, dejamos a los vecinos, silentes en su morada, que descansen en paz. Buenos vecinos.

A paso tranquilo, pero sin pausa, pasa por la puerta de la Iglesia, ya se escucha su melodía, propia.

Le espera la cena, las noticias y un nuevo día.

Pocas palabras, pero claras, directas y firmes.

Vida de pueblo, de mi gente, del Molvizar de ayer.

 

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3º Premio;  Pudo Ser

 

Autor: Emilio Manuel Puentedura Triguero

 

Pudo Ser

Todo estaba dispuesto. Marta acababa de llegar a casa después de una larga jornada laboral. Tras meses de espera merecía la pena unos días de descanso. El asfalto de la ciudad empezaba a emitir su olor a alquitrán y el aire se hacía irrespirable. Era la vuelta a sus raíces, a la tierra que le dio la vida, a las calles que la vieron corretear por sus empinadas cuestas jugando con sus amigos de la infancia al chispe, a la comba, al elástico… Atrás quedarían el ajetreo de la ciudad, el ir de un lado para otro a toda prisa, el ruido insoportable del tráfico urbano y las aglomeraciones del metro.

          Marta respiró hondo y se dispuso a esperar la llamada que le confirmaría el ansiado regreso. Eran las tres de la tarde así que aún era pronto para irse. Era mejor esperar, sí, seguro que llamará dentro de una hora, se decía así misma. Seguro que la tardanza se debía a que el termómetro marcaba 39º y, claro con tanto calor, era mejor salir más tarde. Así que, intentó no impacientarse y entretenerse revisando de nuevo las maletas. Eran las seis de la tarde cuando de repente sonó el teléfono. La melodía que sonaba no era la que esperaba. Desconcertada descolgó esperando escuchar una voz familiar. Sus ansias por volver le llevaron a precipitarse:

          -¿Qué tal Javier? Nos vamos para Molvízar.

Después de unos momentos de silencio la misteriosa voz le comunicó que, lamentablemente, no iba a poder ser.

 

 

 

 

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